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revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Busca ampliar la cultura científica de la población, difundir información y hacer de la ciencia
un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.

 

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La Facultad de Ciencias.
Fragmentos de una historia
 
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Francisco Javier Cepeda Flores
   
               
               
La de la Facultad de Ciencias es una historia com­ple­ja y llena de
aristas, determinada por el contexto y los cam­bios sociales de varias épocas. En sus primeros setenta años de existencia, abordar sus raíces y el momento de su fundación implica partir de la hipótesis de que este he­cho forma parte de un proceso que tiene sus orígenes en la in­troducción de la ciencia moderna en México, es decir, que viene desde el siglo XVIII. Tratar el proceso completo en sólo unas páginas resulta impensable, sin embargo, po­de­mos basarnos en la premisa de que una visión de frag­men­tos hilados puede proporcionar una idea aproximada del todo.

Comencemos pues en las década de los veintes, cuando tiene lugar un auge en la creación de las instituciones mo­dernas de investigación. La convulsión de la revolución me­xicana provocó que para entonces la educación se en­con­tra­ra desarticulada en todos sus niveles; sin embargo, fue precisamente la revolución la que planteó la posibilidad de reestructurarla. Hay evidencias claras de la exis­ten­cia de un clima académico-político en algunas institu­ciones de educación superior, el cual explica la par­ticipación de es­tudiantes y egresados en dicho movimiento, pues aunque a diferencia de las guerras de independencia y reforma, la vanguardia de la revolución mexicana no se recluta en las instituciones de educación superior, sus egresados jugaron un papel crucial como caudillos culturales, promotores, asesores y responsables de muchos de los proyectos del Estado revolucionario. El país se reinventa. Los pro­yec­tos nuevos son la constante de cada día. En los treintas la educación popular fue un proceso no sólo cultural sino, de manera importante, también un instrumento ideoló­gi­co y político complementario al reparto de tierras y la or­ga­nización campesina. Si esto último representaba la em­bestida contra la propiedad latifundista, la educación laica y materialista completaba la tarea, preparando ideológi­ca­men­te a la población y atacando los valores oscurantistas y de dominio del cacique y el clero. En este marco se pre­senta una de las etapas más fructíferas de la ciencia en Mé­xico. Hay una actividad intensa por medio de la creación de sociedades, organización de eventos, reestructu­ra­ción de organismos e instituciones tanto científicas como técnicas y educativas.

  articulos  

 

 

CUADRO1

 

 

Las tensiones existentes entre la resistencia al cambio que presentaban los grupos dominantes en la Universidad y la realidad social en constante movilización forman dos ban­dos: de un lado los intelectuales, que veía la revolución como la barbarie y consideraban la Universidad como re­fu­gio ante la violencia; y del otro, aquellos que querían trans­for­mar­la poniendo las armas de la ciencia y la técnica al servicio de la lucha social.      
Había un grupo de profesores, representante de la fuerza del nuevo Estado, que pre­ten­día controlar la Universidad para ligarla a los proyectos de transformación; seguramente también participaron pro­fesores y alumnos poco politizados o inmersos en el estudio y la actividad académica que desempeñaban un papel de masa silenciosa, convencida en ocasiones por un bando o por el otro. Todas estas fuerzas convertían la Universidad en un foco de agitación y lucha política.A principios de 1929 hubo un incidente en la Escuela Na­cional de Jurisprudencia y Ciencias Sociales: la oposición contra el nuevo reglamento de exámenes ordenado por la Rectoría que incluía exámenes trimestrales y exi­gía un mínimo de 75% de asistencia a clases para tener de­re­cho a ellos. Los hechos se presentaron en cascada: los es­tu­dian­tes se organizan aun antes de inaugurarse los cur­sos, mien­tras Rectoría y la sep consideran el asunto “defi­ni­ti­va­mente resuelto” y amenazan con clausurar la Facultad “hasta el día en que serenamente los estudiantes vuel­van a sus la­bo­res ordinarias”, provocando que durante los me­ses de mayo y junio se desate un movimiento que empieza con la huel­ga en la Facultad de Derecho y se extiende a toda la Uni­ver­si­dad.
 
La revuelta llega hasta el despacho pre­si­­den­cial de Portes Gil, que ya de por sí enfrentaba una si­tua­ción difícil como interino tras el asesinato de Obregón.Fueron sesenta y ocho días de huelga que lograron una autonomía precaria, pero no la solución de la transformación de la Universidad, comenzando así un largo proceso de lucha por superar las contradicciones, ya que la auto­no­­mía, aunque fue un gran cambio, más que resolver pro­­ble­mas, los planteó. En el comunicado del presidente de la re­pú­blica al secretario del comité de huelga, donde se les co­mu­nica en “tono de serena cordialidad” la iniciativa de “Ley mediante la cuál quedará resuelto el establecimiento de la Universidad Nacional Autónoma”, se sientan las si­guientes bases: libertad para organizarse en lo administrativo y lo académico; participación en el gobierno uni­ver­si­tario de maestros, alumnos y exalumnos; nombramiento de los funcionarios por el presidente de la república a par­tir de una terna del Consejo Universitario; incorporación a la nueva Universidad Autónoma de todas las facultades y dependencias hasta el momento integradas a la Univer­si­dad; la obligación del Estado de proporcionar un subsidio global anual, a definirse posteriormente.
 
Aunque el tono es cordial y razonado no deja de ad­ver­tir­se, en el clásico estilo de la política oficial mexicana, el de­seo de resolver el conflicto pero no de soltar el poder. Así, se recalca el hecho, con tono paternalista, de enseñar a los estudiantes lo que realmente buscan: “aunque no ex­plí­citamente formulado, el deseo de ustedes es el de ver su Universidad libre de acuerdos, de sistemas y procedi­mien­tos […] y para evitar ese mal sólo hay un camino eficaz: el de establecer y mantener la Autonomía Universitaria”. Qui­zá por la sorpresa de la iniciativa, por lo poco o nada que la dirigencia estudiantil había discutido y estudiado esta po­si­bi­li­dad, o quizá porque representaba una salida históricamente victoriosa, era preferible tomarla con júbilo y no con el análisis crítico necesario. Y así se hizo.

Transformarse o perecer

Hasta mediados de los cuarentas prevaleció la necesidad de cambios en la Universidad para sacarla de su estanca­mien­to, la ejecución de reformas que los universitarios y la sociedad demandaban. Los proyectos que se concretaron en la Universidad en los años treintas, entre otras cosas, te­­nían como principal objetivo el de impulsar las áreas cien­tí­fi­cas de química, biología, física y matemáticas. Por lo pron­to, la refriega continuaba. El gobierno de la república, en declaraciones del presidente Rodríguez, se lamenta por “los graves trastornos acontecidos en la Universidad Autó­no­ma”, ante los cuales “se ha limitado hasta hoy a presenciar, lleno de dolorosa preocupación, cómo se desvía de sus nobles fines culturales el Instituto que debiera ser orgullo de la Nación entera”. Trastornos que “obligan al Gobierno a enfrentarse de lleno con la actual situación”. La respuesta fue la iniciativa de reforma de la Ley Orgánica de la Uni­ver­si­dad en 1933. En ella, en lugar de restringir la autono­mía como el sentido común podría esperar, se amplía has­ta niveles que la convierten en autonomía absoluta, con lo que se convirtió en una trampa que pocos vieron en ese mo­men­to. El Estado renuncia a cualquier intervención al en­tre­gar a los universitarios la responsabilidad exclusiva de gobernarse y cumplir con los fines de la institución, y se señala una cantidad a entregarse como patrimonio fijo. Por única vez se entregaron diez millones de pesos en lu­gar del subsidio mensual acostumbrado.
 
Las aguas estaban muy agitadas, y el 26 de noviembre de 1934, el Dr. Fernando Ocaranza Carmona asume la rec­to­ría. Ocaranza habría de enfrentar uno de los años más di­fí­ci­les de la universidad. Los diez millones de pesos otor­ga­dos por la ley de 1933 se agotaron pronto y la “autonomía absoluta” reflejó su verdadero carácter de mecanismo de aislamiento y asfixia por la vía económica.
 
A veces se ha pretendido que después de 1933, al ex­pul­sar a destacados universitarios de izquierda, la Universidad como un todo se volvió conservadora y antigobiernista. La realidad es que el socialismo, la educación con orientación social, y el propio Lázaro Cárdenas, tenían muchos univer­sitarios adeptos y activos.
 
     
En el ámbito de la ciencia las cosas también se movían, las conferencias en la Academia Antonio Alzate dictadas por Dirk J. Struick, profesor visitante del Massachussets Ins­ti­tute of Technology —organizadas por Andrés Sotero Prie­to y Alfonso Nápoles Gándara, con ayuda de la Secre­ta­ría de Educación—, tuvieron mucho éxito y crearon un am­bien­te propicio para las acciones en favor de la ciencia, un punto en que coincidían las políticas cardenistas y los pro­yec­tos que se impulsaban desde la Rectoría: “la ciencia tiene buen cartel, aunque pocos la conozcan”.

 

 

CUADRO2

 

     
El ambiente de las conferencias sirvió en particular de catalizador para concebir la Facultad de Ciencias Físicas Matemáticas. Las buenas relaciones de Sotero Prieto con la rectoría le per­mi­tieron encargarse de gran parte del diseño de la nueva escuela, integrada alrededor de la Escuela de Ingenieros, el cual entregó en manos del Rector Gómez Morín.
 
Así, en 1934 se fueron conformando las cuatro corpo­ra­ciones de la nueva estructura universitaria. Sotero ­Prie­to debía ser, lógicamente, el responsable del Departa­men­to de Física y Matemáticas; sin embargo su personalidad era in­cómoda para los ingenieros porque, entre otras cosas, és­tos no compartían su perspectiva de las matemáticas. El tes­timonio en 1964 de Ricardo Monges López señala que So­te­ro Prieto “no quiso transigir y su departamento no se de­sa­rrolló”. Por supuesto que la cohesión y habilidad po­lí­tica de los ingenieros era mucho mayor que la del na­cien­te grupo de matemáticos, pues ellos impusieron el nivel de departamento al área de ciencias físico-matemáticas, en lugar del de escuela, como era de esperarse de acuerdo con la nueva concepción organizativa de la Universidad. Tam­­bién arrebataron a los matemáticos la jefatura del De­par­ta­men­to de Ciencias que se creaba, particularmente al maes­tro Sotero Prieto.
 
El 21 de enero de 1935 el Consejo Universitario aprue­ba una nueva estructura general, cuya parte medular era agrupar las escuelas por áreas del co­no­ci­mien­to. Se crean cuatro “corporaciones” fundamentales que eran una especie de su­per­fa­cul­ta­des porque estaban integradas por varias de las ya existentes, a las que se denominaba “unidades de trabajo do­cen­te”. La Facultad de Filosofía y Bellas Ar­tes, integrada por cuatro escuelas; la Fa­cul­tad de Derecho y Ciencias Sociales formada por tres escuelas de esta área; la Facultad de Cien­cias Médicas y Biológicas, compuesta por seis departa­men­tos de investigación y preparación para la enseñanza, y por tres escuelas como unidades de trabajo docente; la cuar­ta corporación era la Facultad de Ciencias Físicas y Ma­temáticas, constituida por un departamento de investigación y preparación para la enseñanza y dos escuelas de trabajo docente.
 
Esta Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas cons­ti­tuye uno más de los eslabones en la creación de la actual Facultad de Ciencias. Se forma con lo que ya existía alre­de­dor de la Facultad de Ingeniería, reafirmando la tesis de que el desarrollo de la ingeniería en México, a la par de las obras de infraestructura que se construían, fueron requi­rien­do cada vez mayor especialización en las áreas de ­físi­ca y matemáticas. Tiene un carácter de centro de in­ves­­ti­ga­ción y de posgrado, pero sólo se le asigna el nivel admi­nis­tra­ti­vo de departamento, en lugar de escuela. Los estudios que ofrece este departamento conducen a los grados de maes­tro y doctor en ciencias por una parte, y por otra exis­ten series de estudios para profesores del área en escuelas preparatorias, secundarias y normales.

Para conducir la facultad se asigna un director a cada una de las escuelas mencionadas. La presencia do­­mi­nante de los ingenieros vuelve a ex­pre­sar­se con el nombramiento co­mo auto­ridad de esta cor­po­ra­ción al también director de la Escuela Nacional de In­genieros, el Ing. Ig­nacio Avilés. En él recaían los nom­bramientos de jefe del De­par­ta­men­to de Cien­cias, de director de la Escuela Nacional de Ingenieros y además era el decano de la Facultad de Cien­cias Físicas y Matemáticas. Ateniéndonos a los nombra­mien­tos, él era una verdadera autoridad superior.
 
Las relaciones entre Sotero Prieto, Avilés y Monges no eran buenas, aunque sí respetuosas. Avilés frecuente­men­te opinaba ante los regocijados alumnos de ingeniería que había tres tipos de matemáticas: “las útiles, las inútiles y las perjudiciales”, una muestra de su animadversión hacia Sotero. Éste, por su parte, criticaba a los ingenieros ante los alumnos. La pugna, aunque caballerosa, era clara. Pocos me­ses después, el 22 de mayo de 1935, el maestro So­tero Prieto se suicida.

Las contradicciones de la aplicación de la educación so­cia­lis­ta, sobre todo alrededor de la escuela secundaria, el conflicto de posesión por la Casa del Lago y los actos de rebeldía contra el Estado por parte del rector Ocaranza, quien apoyaba abiertamente a grupos antigobiernistas, con­dujeron a que en septiembre de 1935 se renovara el en­frentamiento entre universitarios socialistas y los “ca­tó­li­cos activos” que controlaban la rectoría. En el choque sa­lie­ron a relucir otra vez las renuncias por todos lados. La más grave fue la manifestada en el acuerdo del Conse­jo Uni­versitario del 10 de septiembre, donde se decidió la sus­pensión de todas las actividades por falta de recursos. Ante el vacío de las autorida­des, otras fuerzas universitarias y de izquierda no desperdiciaron el campo abandonado. Varios grupos de es­tu­dian­tes y maestros formaron el Fren­te Único Pro Universidad Libre, cons­tituyéndose en Comité responsable de la Universidad, como lo comunican al propio presidente Cárdenas.
 
El presidente anuncia que, ante la indiferencia, aisla­mien­to y rebeldía de las autoridades universitarias, se re­for­ma­rá nuevamente la Ley Orgánica de la Universidad. El rector Ocaranza renuncia el 17 de septiembre, reiterando la necesidad de que la universidad se reorganice a fondo ante el bajo nivel moral e intelectual prevaleciente. Diversos gru­pos de estudiantes y maestros desconocen a las auto­ri­dades y se hacen responsables de la Universidad, convo­can­do a una “asamblea universitaria” de donde sale el “Co­mi­té Reorganizador de la Universidad ” para elegir el nuevo Consejo Universitario que, una vez integrado, nombra por unanimidad, el 24 de septiembre de 1935, a Luis Chico Goer­ne como rector.

Ese mismo año, Cárdenas crea el primer organismo de promoción y coordinación de la ciencia en México, lla­ma­do Consejo Nacional de la Educación Superior y la Inves­ti­gación Científica, y todo un nuevo sistema al fundar el Instituto Politécnico Nacional y otras escuelas de ciencias; asimismo, patrocina congresos como el vii Congreso Cien­tífico Americano, apoya eventos científicos importantes, y otras medidas de promoción de la ciencia y la técnica en el país. Una muestra de que es clara la concepción del go­bier­no mexicano sobre la necesidad de impulsar la ciencia y tec­no­lo­gía desarrollada en México para ponerla al servicio de las necesidades del propio país. Como política de desa­rro­llo socioeconómico se adelanta a las iniciativas tomadas por los organismos internacionales en la segunda mitad del siglo, como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la aplicación de la ciencia y tecnología en beneficio de las re­gio­nes menos desarrolladas, realizada en 1963, donde se re­co­mien­da el impulso de la investigación científica en los países subdesarrollados.
 
La política de fomento a la ciencia y tecnología del pre­sidente Cárdenas representó el impulso a estas áreas, trans­formando las condiciones objetivas en que se desenvolvían los individuos y las instituciones. En la Universidad, las bue­nas relaciones personales del rector con el presidente Cár­de­nas contribuyeron a superar los enfrentamientos. El tra­ba­jo universitario tuvo una orientación social pragmática, sin caer en la imposición autoritaria, respetando la libertad de cátedra ligada a los planes y programas de estudio elabo­rados por las academias respectivas.

A propósito de la desaparición de las jefaturas de grupos académicos en 1936, y sin la presencia del maestro So­­te­ro, el director de Ingeniería Avilés deja el nombramiento que recibiera por única vez, para que Monges López sea nom­bra­do jefe del Departamento de Ciencias Físico Matemá­ti­cas. En el marco del cambio y las buenas relaciones de la Uni­ver­si­dad con el Estado, Monges López inicia inmedia­ta­men­te las gestiones para la transformación del Departa­mento en Escuela de Ciencias Físico Matemáticas, la cual inició sus labores como tal en marzo de 1936.
 
En el año de 1937, el director de la nueva escuela, jun­to con otros académicos, lograron la creación del Instituto de Ciencias Físicas y Matemáticas con dos secciones de in­ves­ti­ga­ción para cada una de estas áreas, como de trans­for­ma­cio­nes más amplias que la Universidad llevaba a cabo en un ambiente de tranquilidad por las buenas relaciones que tenía el rector con el gobierno de Cárdenas. Y no sólo era él, sino muchos los universitarios que participaban en los proyectos del Estado. Resulta particularmente revelador que el exrector Medellín y su secretario general de la Cue­va, al renunciar a dichos puestos como parte del con­flic­to de 1933, se hayan incorporado al equipo de trabajo que or­ga­ni­za­ba el Instituto Politécnico Nacional. El propio Mon­ges López, en esos años y posteriormente, forma par­te de varias acciones gubernamentales de impulso a la ciencia y la técnica.
 
Durante tres años se reformó la Universidad bajo estos li­nea­mien­tos, que no a todos gustaban, y menos cuando el rector apoyaba al gobierno de Cárdenas, como ocurrió cuan­do los mexicanos se unieron en apoyo a la expropiación petrolera, en marzo de 1938, y éste encabezó una entu­sias­ta y masiva manifestación de apoyo. No obstante, en junio de ese mismo año se vio obligado a renunciar a la Rectoría ante el empuje de una protesta de estudiantes y profesores organizada por las fuerzas conservadoras.

Una nueva Facultad
 
El doctor Gustavo Baz es entonces nombrado rector y lleva una administración conservadora. A pesar de ello, como ya decíamos, el impulso a la ciencia y tecnología era una ban­de­ra que compartían prácticamente todos los grupos y tendencias. Según el testimonio del Ing. Monges López, desde mediados de 1938 él, como director de la Escuela Na­cio­nal de Física y Matemáticas, y Alfredo Baños como di­rec­tor del Instituto de Ciencias Físico Matemáticas, empe­zaron a hacer gestiones para la creación de la Facultad de Ciencias ante las autoridades universitarias y algunos di­rec­to­res involucrados en el proyecto.

Es por tanto sólo meses después de que Baz asume la rec­to­ría que se completa el largo proceso de su creación como entidad independiente. “Ha llegado el momento ina­plazable de dar a nuestra casa de estudios su organización definitiva; esto es, elevarla al rango que le corresponde en la cultura mundial, y para ello, es indispensable crear la Fa­cul­tad de Ciencias, para formar con ella, con la Facultad de Filosofía y con los Institutos de Investigación, el exponen­te más alto de nuestra cultura”.

Lo que se propuso no fue sólo el nacimiento de una nue­va facultad, sino una reestructuración unificadora que re­sol­viera los tres importantísimos problemas de la Uni­ver­si­dad, a saber: “la investigación, la docencia y el servicio so­cial de la ciencia”. A las carreras de física y matemáticas se in­cor­po­ra­ron los estudios de biología, geología y geogra­fía. Estas últimas, con una gran tradición, formaban parte de la Facultad de Filosofía, y fue su director, Antonio Caso, quien aceptó que se incorporaran a la nueva facultad.

La Facultad de Ciencias logra así su autonomía respec­to de la de ingenieros, que fue su casa matriz. Sin embargo esto no se cumple del todo, ya que además de continuar sus la­bores en salones prestados del Palacio de Minería, se nom­bra como primer director al ingeniero Ricardo Monges Ló­pez. De cualquier forma, el paso estaba dado: la formación de científicos en el país contaba ya con la institución es­pe­­cializada para ello. A su alrededor, la investigación de la cien­cia ensancharía sus espacios.

Monges fue uno de los principales iniciadores de la ins­ti­tu­cionalización de la Facultad, por lo que se continúa su cons­truc­ción durante su periodo, primero en lo académico organizativo y después en cuanto la infraestructura, par­ti­cu­larmente en lo que se refiere a las instalaciones. De he­­cho, pensándose primero en un edificio propio para las Facultades de Ciencias y de Química, surge la posibili­dad de la construcción de Ciudad Universitaria, donde las nue­vas instalaciones permitirán otras posibilidades de desarrollo.
 
La estrechez que se tenía en el Palacio de Minería y el na­tu­ral deseo de edificio propio empieza a emerger muy pron­to. En la sesión del 27 de octubre de 1941, donde se re­forman los planes de estudio, se discute la necesidad de ges­tio­nar un préstamo para la construcción del edificio de la Facultad de Ciencias. Después de exponer la nece­si­dad de nuevas instalaciones, se presentan discrepancias so­bre su ubicación en el centro de la ciudad, donde se con­tem­pla­ba construir el inmueble. El rector Mario de la Cue­va es autorizado “para concertar el préstamo solicitado por noventa mil pesos, con el Crédito Inmobiliario, S.A. de C.V., con garantía del edificio número 32 de la calle de la Aca­de­mia, y la designación de una Comisión para vigilar la cons­trucción y aplicación de dicho préstamo en el edi­fi­cio”. Sin embargo, la iniciativa no prosperó y todavía tendrían que pa­sar varios años para que se contara con un nue­vo edificio.
     

 

 

CUADRO3

 

Cuando la facultad cumple una década de existencia ins­titucional, en la sesión del 3 de marzo de 1949 el Con­se­jo Universitario discute el presupuesto de Ciudad Uni­ver­si­taria. Con las aportaciones del gobierno federal, el De­par­tamento del Distrito Federal y Petróleos Mexicanos se contaba inicialmente con alrededor de seis millones de pesos, distribuidos en partidas que fueron discutidas y apro­badas una a una. La discusión más larga se centró en la ne­cesidad de obtener recursos adicionales con la venta de algunas propiedades destinadas a construcción de in­mue­bles para diferentes escuelas, que ya con la ciudad uni­ver­si­ta­ria no serían necesarios.
     
 
El maestro Nápoles Gándara insistió en la necesidad de que el Instituto tuviera presu­pues­to y edificio propios, autónomo de la Facultad de Cien­cias, y en que se tomaran en cuenta a todos los institutos en la elaboración de los programas.
 
Se gestaba así Ciudad Universitaria, abriendo una nue­va etapa de desarrollo. “Estamos aquí, en suma, haciendo Uni­versidad en el más amplio sentido, integrando el pen­sa­miento, el anhelo y la labor de todos a través de la cul­tu­ra. No estamos poniendo una primera piedra en el primer edificio de la Ciudad Universitaria, estamos poniendo una piedra más en la fervorosa construcción de nuestro México”, expresó el arquitecto Carlos Lazo en la ceremonia de ini­cio de la construcción de los nuevos edificios para todas las dependencias universitarias. Eso fue en el corazón del campus, en el área asignada a la Facultad de Ciencias, a la torre de ciencias, el 5 de junio de 1950.

Casa propia y crecimiento

La construcción de Ciudad Universitaria fue un gran pro­yec­to que inyectó bríos y abrió espacios para la educación y el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Ante las cir­cuns­tancias, los centros de investigación y la propia Facultad de Ciencias dedicaron su esfuerzo a preparar cada vez más cua­dros científicos para la docencia y la investigación, y a re­la­cionarse con el exterior vía los temas y problemas que se estudiaban en los centros e instituciones internacionales.

“Si aspiramos a construir a México, la tarea más inme­dia­ta y urgente es construir al mexicano”, afirma el propio arquitecto Lazo, cabeza del proyecto en marcha. Para 1950 la inversión se calculaba en 150 millones y se esperaba con­cluir en no más de cinco años, según lo expuesto por Lazo en el Anfiteatro Bolívar en agosto de ese año, aunque al fi­nal se invirtieron más de 300 millones. “El primer edificio con que se iniciaron las obras fue éste que vemos en la grá­fica: el de Ciencias. Lo primero que se construye es la ­to­rre cen­tral, que será la estructura de concreto más alta de Mé­xi­co”, continúa Lazo ante una audiencia numerosa, enca­be­za­da por el presidente de la república y el rector. Presu­mien­do eficacia, Lazo explica que los quince pisos, con una altura de 45 metros, se construirán en 120 días, estable­cien­do un récord de seis días por piso. ¡Cada día de retraso cos­taría al contratista dos mil pesos! Y además de construir edificios, se está comprando equipo, “en el caso de la Fa­cul­tad de Cien­cias, se firmó ya el contrato para la primera ­par­te con una compañía americana por $1 300 000 para la com­pra del primer aparato desintegrador de átomos, el de Van der Graaff. México, será el primer país latino en adquirirlo”.

 
     
El testimonio de Barajas, director de la facultad y asesor del proyecto para la Facultad de Ciencias y los institutos, señala a Francisco José Álvarez como el primero que, años antes, propuso al rector Brito Foucher el Pedregal de San Ángel como lugar para la Ciudad Universitaria, ofre­cién­dose para convencer a los ejidatarios de la expropiación respectiva.
 
El proyecto salió de las reuniones de Barajas, Graeff, y los arquitectos ya mencionados, que siguieron trabajando sin importar las discusiones sobre la viabilidad del pro­yecto. Por eso cuando nombran a Lazo y se reanima la activi­dad, los únicos planos que estaban listos eran los de Ciencias.
 
La ceremonia de inauguración, denominada de la “dedi­cación de la Ciudad Universitaria”, se llevó a cabo el 20 de noviembre de 1952, previo al desfile tradicional de la revo­lución y diez días antes de que Miguel Alemán entregara la banda presidencial a Ruiz Cortines.
 

 

CUADRO4

 

     
De acuerdo con el testimonio de Lozano, la facultad y los institutos se cambiaron a cu, pero al edificio de Filo­so­fía porque la torre de Ciencias era centro de operaciones de ingenieros y arquitectos. Fue hasta 1954 cuando “nos pasamos los institutos a la torre y la facultad a su edificio en el centro de la cu; fue la primera Facultad que se cambió completa”.

Haciendo conciencia: reformas y revueltas


A partir de 1955 se nota entre la comunidad universitaria una toma de conciencia y mayor participación. La revolu­ción cubana, con fuertes repercusiones en la guerra fría y que habría de influir en toda Latinoamérica, es un marco pro­pi­cio para que vuelvan las planillas de izquierda entre 1960 y 1961. Las elecciones estudiantiles para la Sociedad de Alumnos, se convierten en el terreno de lucha de las fuer­zas políticas, lo cual va rompiendo el ambiente con­ser­vador imperante en la institución. A tal grado llegaba esta imposición de ideas, que los temas sobre evolución o sobre el origen de la vida, sobre Darwin y Oparin, no eran admi­tidos en los cursos porque “lastimaban la religiosidad de los alumnos”. Por otro lado un puñado de estudiantes, que pertenecían a las juventudes del Partido Comunista, ac­tua­ba en un ambiente de represión. Las banderas de “cristia­nis­mo sí y comunismo no” repercutieron en las raquíticas votaciones por las planillas de oposición, que perdieron to­das hasta 1965.
 
No obstante, esa década de trabajo con­vir­tió a la Facultad de Ciencias en una de las más politi­za­das y activas de la Universidad.
 
     

 

 

CUADRO5

 

Al llegar Prieto a la dirección se presenta una primera se­paración entre la facultad y los institutos. Lo que era una sólida unidad académica sufre su primera escisión. Los je­fes de departamento de matemáticas y física fungían como directores de los respectivos institutos, pero Prieto solicita a los directores del Instituto de Física, Fernando de Alba y de matemáticas, Alfonso Nápoles Gándara, que renunciaran a las jefaturas correspondientes de la facultad. Otro ele­men­to de transformación de la facultad fue la creación de los ayudantes para los cursos, establecida a partir de 1966 como política formal, con todo y partida presupuestal.      

El torbellino de los sesentas alcanza el país, las movi­li­zaciones populares vuelven ante las políticas de los go­bier­nos posrevolucionarios que no cumplían las promesas de justicia social. Tanto las fricciones con el gobierno de Gus­tavo Díaz Ordaz como los problemas internos crearon un ambiente propicio para la protesta. Hay indicios de que los grupos políticos de la Facultad de Derecho fueron utili­zados como ariete para derrocar al rector tomando como pre­texto los problemas internos.

 

 

CUADRO6

 

     

La reacción en la facultad ante la forzada renuncia del rector Chávez fue convocar a una reunión de profesores, or­ga­nizada por la dirección de Prieto por medio del secre­ta­rio Juan Manuel Lozano. Además del rechazo a las re­nun­cias y el acto antiuniversitario, se discutió la necesidad de organizarse como gremio: nace así en abril de 1966 el Co­le­gio de Profesores. Los estatutos son encargados a una co­mi­sión, (Juan Manuel Lozano, Méndez Palma, Juan Luis Ci­fuentes, Arcadio Poveda). En el análisis de la situación, que se hace público en un desplegado periodístico, se reconoce que había motivos para el conflicto, tanto de orden acadé­mi­co universitario, como de intransigencia por ambos la­dos. La primera renuncia no se consideró válida por haber sido arrancada en condiciones de violencia, pero sí la que presentó el rector Chávez al día siguiente de los acontecimientos, quien deja su puesto el 27 de abril de ese año. El Colegio de Profesores apoya entonces a Javier Barros Sierra para el cargo de rector.

Barros Sierra inicia su rectoría pidiendo a todos los di­rectores ejecutar el proceso de revisión general de los pla­nes de estudio, con miras a una reforma integral. Ésta se lle­va a cabo en toda la Universidad durante 1966, y se apli­ca a partir del ciclo escolar de 1967. En la Facultad de Cien­cias la reforma de los planes de estudio ya era una aspira­ción desde el inicio de la década, por lo que los trabajos se llevan a cabo con toda seriedad, asignando una comisión de tiempo completo en cada carrera. Desde su toma de pro­­tes­ta en 1965, Fernando Prieto consideraba urgente la modi­fi­ca­ción de los planes de estudio, y lo incluye en su pro­­gra­ma de tra­bajo. Lozano recuerda el proceso como muy intenso y con la participación de todo el que lo deseó: “dentro de la Fa­cultad fue un trabajo bastante pesado, lo tomamos en se­rio, el Consejo Técnico integró comisiones por departa­men­to, pidiéndoles la elaboración de un proyecto en breve tiem­po y que presentaran informes periódicos”. Por otro lado, a pesar de que el maestro Cifuentes afirma que “para mí, el objetivo al enseñar biología es que los muchachos en­tiendan la teoría evolutiva, el interés no es que sepan ha­cer análisis coproparasitoscópicos”, no se logra que en el plan de estudios sea clara esta concepción.

     

 

CUADRO7

 

Después del movimiento de 1966, la Facultad ya es otra, tanto académica como políticamente. En su informe como director, en febrero de 1968, Prieto señala que “la nota so­bresaliente en la vida de la Facultad durante 1967 fue sin duda alguna la implantación simultánea, en todos los años y todas las carreras de los nuevos planes de estudio, se nota ya un nuevo ritmo de trabajo en la Facultad, la actividad en los laboratorios se multiplica y es precisamente en esa ac­ti­vi­dad febril en los laboratorios en donde podemos poner nuestras esperanzas de lograr, en el futuro, esa vinculación con la industria por la que claman muchos de nuestros es­tu­diantes”. En ese mismo informe, Prieto señala la apro­ba­ción de los nuevos planes de estudios para las maestrías y doctorados de la facultad.

     
El conflicto del 66 y todos estos cambios fueron el pre­lu­dio del movimiento de 1968. México se preparaba para re­cibir las olimpiadas. El 23 de julio, para controlar una pe­lea entre estudiantes de la preparatoria Issac Ochoterena, la vocacional 5 y una pandilla a la que llamaban “Ciudade­los”, intervienen los granaderos golpeando violentamente a los estudiantes. Como protesta se organiza una manifes­ta­ción el 26 de julio. Al reprimir dicha manifestación, los gra­naderos entran al recinto de la Preparatoria 1, en donde había un acto de entrega de diplomas, y golpean a los asis­ten­tes, ajenos a la manifestación. Los estudiantes se orga­ni­zan, toman camiones y forman una barricada en el centro de la ciudad, en lo que se llamó el Barrio Universitario.

Hay que recordar que el “mayo de 68” de Francia era re­ciente, y llegaban a México las noticias de medio millón de estudiantes cuestionando al Estado gaullista; acababa de morir el “Che” Guevara; un grupo de estudiantes había pues­to una bomba en la embajada de Bolivia y Antonio Ger­shen­son, Luis del Toro y Quico Condés Lara estaban en la cár­cel desde octubre de 1967 con penas mayores a su edad. Se instalan entonces barricadas en el Barrio Universitario que impiden a los granaderos controlar el movimiento, y el 29 de julio el ejército interviene, golpeando fuertemente a los estudiantes que se refugian en la Preparatoria 1. El ejér­ci­to tira la puerta con un bazucaso, volándola junto con los jóvenes que estaban deteniéndola. “En ese momento yo estaba con Eduardo Valle ‘El Búho’ —recuerda Salvador Martínez Della Rocca, quien hablaba a la Preparatoria 3 cuan­do sonó el bazucaso—, empezó a llorar y me dijo ‘los aca­ban de matar’”. Y continúa, “Gilberto Belis Estarda y yo redactamos un documento que repartimos en la Facultad el 29. Inicialmente la gente del Partido Comunista no es­ta­ba de acuerdo con la huelga. En la mañana no pudimos ga­­nar la huelga, pero en la tarde sí”.
 
La Facultad se pone en huelga el lunes 29. Se nombró un comité de lucha en el que se integran Marcelino Perelló, Gilberto Guevara, Juan Estrada, Miguel Yacamán, Renán Cár­de­nas, Salvador Martínez y una serie de comisio­na­dos. La participación de la Facultad de Ciencias en este mo­­vi­mien­to fue destacada, ubicada geográfica y políticamente, se encontró en el centro del huracán, con el mejor y más gran­de comedor, una gran cantidad de brigadas que ac­tua­ban todos los días de acuerdo con la programación general, y la estación de Radio Venceremos, instalada en la torre de Ciencias.

Los setentas, el inicio de una nueva época

Tras la represión del movimiento del 2 de octubre de 1968, las clases tardan en reanudarse casi seis meses. No era fá­cil regresar a clases a estudiar las mismas cosas, de la mis­ma manera. Lo menos que se podía hacer era cuestionar y re­vi­sar todo el quehacer universitario, incluyendo la forma y el contenido de la enseñanza, poniendo a la ciencia en la mesa de las discusiones. La conciencia había entrado en mu­chos profesores y alumnos, en algunos sectores uni­ver­si­tarios quedaba la inquietud de relacionar su actividad aca­démica con las necesidades de sectores amplios de la población.
 
Cifuentes recuerda cómo a su regreso a la Facultad, en 1970, después de ser funcionario de la Secretaria de Pesca, encuentra “una facultad un poco cambiada, con inquietudes de todos los sectores y los estudiantes queriéndose ha­cer oír en el Consejo Técnico, en un ambiente de gente que le preocupaba el para qué de la facultad y de la ciencia”. De aquí que, de manera institucional se creara pri­me­ro un seminario con conferencias y después varios grupos académicos para llevar a cabo análisis continuos sobre el pa­pel de la ciencia y la facultad ante los problemas y ne­ce­sidades de los grupos mayoritarios del país.
 
En 1973 se resuelve establecer la asamblea general como órgano de máxima autoridad en la facultad, creando los con­sejos departamentales, como órganos democráticos de gobierno colectivo, para administrar con la participación de maestros y alumnos cada área académica de la facultad. También se crea el Consejo interdepartamental para re­sol­ver los problemas generales, generándose una dualidad con­flictiva con el Consejo Técnico tradicional y reglamen­tario.

Las funciones del consejo departamental son: adminis­­trar y coordinar el trabajo y la política del departamento res­pec­ti­vo; asignar materias, laboratorios, servicios de bi­blio­te­ca, etcétera; establecer y ejecutar criterios para la pro­mo­ción, contratación y evaluación del personal académico, proponiendo candidatos; tener las atribuciones del Con­se­jo Técnico respecto al departamento; proponer candidatos a integrar las comisiones dictaminadoras y fijar los lineamientos de evaluación, voceros del departamento ante la dirección de la facultad; crear e integrar comisiones especiales para resolver problemas específicos, y todo aquello que las asambleas les asignen.
 
Como puede verse, esta estructura choca con la oficial y aunque internamente funciona bien, cuando las deci­sio­nes salen del ámbito de la propia facultad se presentan con­flic­tos, los cuales tienen que resolverse por la fuerza, por la negociación, o simulando que se cumple con los procedi­mien­tos, en particular pasando las decisiones por el aval del Consejo Técnico.
 
La primera vez que se presentó un proceso abierto para integrar la terna a director se pretendía que, más que ele­gir personas, se optara por programas o compromisos de tra­ba­jo. Entre los candidatos —Juan Luis Cifuentes, Vinicio Serment y Augusto Moreno—, se designa a Cifuentes el 24 de junio de 1973. En la ceremonia de toma de posesión, anun­cia la reestructuración de la Facultad de Ciencias en con­sejos departamentales. De inmediato se integra una co­mi­sión del Colegio de profesores, coordinada por el propio director para elaborar el documento respectivo que defi­ni­rá la nueva estructura —incluyendo las propuestas de maes­tros y alumnos. Los primeros consejeros se eligieron por seis meses para crear condiciones de evaluación en esa pri­me­ra fase de funcionamiento. Sólo se hicieron evaluaciones y algunos ajustes mínimos en el primer semestre de 1994, y a partir de entonces la Facultad de Ciencias conta­ba con su muy especial gobierno de participación.
 
Respecto de la dualidad con el Consejo Técnico, ya des­de antes de la creación de los consejos departamentales se acostumbraba consultar en cada departamento a los espe­cia­lis­tas del área correspondiente. El Consejo Técnico se ba­sa­ba en la propuesta de solución de dicho grupo de con­sul­ta para su aprobación formal, costumbre que ayudó a la crea­ción de los consejos departamentales. En el momento en que estos consejos tomaban las decisiones se quería re­ducir el papel del Consejo Técnico a simple legalizador for­mal de las decisiones tomadas en los consejos departa­men­ta­les o el interdepartamental. Se discutió mucho este “po­der dual”, pero en la práctica las circunstancias de la es­truc­tura legal en la universidad forzaron a que el Consejo Téc­nico tuviera más peso, en lugar de desaparecer como al­gunos pretendían.
 
La facultad estaba inmersa en el proceso democratizador que le significaron los consejos departamentales. La ac­tividad extracurricular era alta y llegaba a niveles de pri­mer orden en el ámbito internacional. Un gran número de conferencias, simposios, congresos, mesas redondas, etcé­tera, sobre temas de ciencia, educación y sociedad se pre­sen­tan cada semana. Merecen mención especial la visita de los reconocidos científicos, A. I. Oparin y Dobzhansky a me­dia­dos de los setentas. El tema de la evolución, res­trin­gi­do en años, se convirtió en esta ocasión en un acto ma­si­vo. Sin lugar a dudas, la facultad se había transformado.
 
Se seguían discutiendo, sin embargo, el tipo de educación y la investigación que debería hacerse para ser con­gruen­tes con la movilización política que se estaba dando y con las nuevas estructura democráticas que se habían crea­do. La neutralidad de la ciencia y la técnica era cuestio­nada, y se establecieron mesas de discusión sobre la función so­cial de la ciencia y la técnica a través de la historia. Algunos grupos salieron de sus cubículos para llevar a cabo expe­rien­cias de educación y ciencia popular.

En 1972 se llevan acabo los “cursos debate”, formalmen­te denominados “Análisis crítico del papel del científico ante la realidad mexicana”, propuestos a la asamblea estu­diantil por Flavio y Germinal Cocho en lo teórico, y en la ope­ra­ción Raúl Rechtmann y Gustavo Martínez Mekler; eran optativos y pretendían aportar conocimientos sobre pro­ble­mas socioeconómicos y así poner a los estudiantes en contacto con la realidad del país, tratando de crearles con­ciencia critica para la acción. La experiencia termina por la huelga del stunam, pero la inquietud permite el surgi­mien­to de proyectos como el de enseñanza de las matemáticas en comunidades populares y organizaciones en lucha, como el trabajo que profesores y alumnos hicieron en la colonia Rubén Jaramillo, al sur de Cuernavaca, en donde auxiliaron en la capacitación de los profesores del lugar con prác­ti­cas de los conceptos.
 
     

En esta misma tendencia se presentan experiencias do­centes de biología en el ejido El Mirasol, en el estado de Mé­xi­co. Durante 1973 y 1974, Monserrat Gispert y Jorge Gon­zá­lez, que había participado en el proyecto del cch, plan­tea­ron a los profesores de su departamento la idea de cam­biar la enseñanza de la biología para centrarla en un pro­ble­ma concreto de la realidad, de donde se derivarían las materias por aprender. Escoger una comunidad humana y estu­diar­la conjuntamente con su entorno —plantas, animales, et­cé­te­ra. Este proyecto sentó las bases de lo que serían las biologías de campo. Otros ejes en este proceso de revalo­ra­ción social de la ciencia fueron el la de la críti­ca a la des­truc­ción ecológica y el desarrollo de tecnologías blan­das, así como la creación, en 1974, del Programa de Cien­cia y So­cie­dad, con la finalidad de impulsar la trans­for­mación del quehacer académico.

En ese contexto, la facultad se trasladó a las nuevas ins­talaciones, en el primer semestre de 1977. El cambio fue una fiesta en la que maestros, alumnos y trabajadores co­la­boraron. La estatua de Prometeo también fue parte del cam­bio y el regocijo.

 

 

 

CUADRO8

 

     
Sin embargo, a mediados de ese mis­mo año, habría de vivirse otro conflicto grave con la huelga del stunam; el maestro Cifuentes recuerda: “para mí era una situación muy compleja, porque legalmente yo ya no era director, pero Guillermo Soberón me seguía dando el lu­gar de di­rector hasta julio, cuando la facultad decidió, a tra­vés de su Consejo Técnico, sacar un desplegado protes­tan­do por la en­tra­da de la policía y pidiendo que las instan­cias universi­tarias juzgaran a los que fueran responsables y otras cosas. Al otro día de que yo firmé, recibí la noticia de que había ter­mi­na­do mi periodo; esto fue el 13 de julio, aunque hubo el ofrecimiento de que si retiraba la firma po­día seguir, pero no lo acepté”. Al mismo tiempo rectoría des­conoce al Con­se­jo Técnico, con el pretexto de que no se ha­bían entre­gado la documentación respectiva, y avala el nombramiento de Vinicio Serment como decano de éste (de tomarse en cuen­ta al nuevo Consejo Técnico lo hu­biera sido Manuel Peim­bert, más identificado con el sindi­calismo).
 
De acuerdo con la doctora Ana María Cetto “el rector que­ría aprovechar el cambio de dirección para reorientar la facultad, para que se encarrilara otra vez, era la oportu­ni­dad”. El caso ameritaba atención, así que la decisión no lle­gó antes de que se terminara el interinato, que por re­gla­men­to no puede exceder los dos meses, por lo que fue ne­ce­sario nombrar, vía la Junta de gobierno, al doctor Eugenio Ley Koo como director provisional. Por parte de la fa­cul­tad, de acuerdo con la nueva estructura de participación, se ini­ció un amplio proceso de discusión interna para designar una terna de candidatos. En el colegio de profesores se hi­cie­ron listas abiertas de candidatos, cuyos proyectos se dis­cu­tie­ron y votaron en asamblea. La terna que envía la facul­tad incluye a la doctora Ana María Cetto Kramis, Miguel Lara Aparicio y al propio Cifuentes. A su vez, la Rectoría mo­di­fi­ca esta terna, sustituyendo a Cifuentes por Guillermo Aguilar, que había sido particularmente cuestionado en el Colegio de profesores.
 
Respecto de la entrevista con la Junta de gobierno, la doc­tora Cetto recuerda: “les interesaba, sobre todo, entender cuál era mi posición respecto a la asamblea general, el asam­bleísmo, como le llamaban, y a la democracia; les in­te­­re­sa­ba mucho menos la problemática académica.
 
Era obvio que la Junta de gobierno veía un problema político en la Fa­cul­tad de Ciencias, y la elección, para ellos, era un asunto po­lí­ti­co”. Electa, la doctora Cetto, primera mujer en el cargo, toma posesión, en forma nada tranquila, el 31 de enero de 1978. De nuevo la Universidad y la facultad entraban en pro­ce­so de cambio.
 
     
CUADRO9 El panorama abordado hasta aquí da idea de la fundación de la Facultad de Ciencias, dejando para estudios posterio­res las décadas subsecuentes que dieron for­ma a la actual estructura académica y social de la facultad. Queda claro que en el camino aún falta mucho por andar, el futuro de esta institución y de la Ciencia en México de­pen­de en mucho del rumbo que tomemos hoy.      
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como citar este artículo
Cepeda Flores, Francisco Javier. (2009). La Facultad de Ciencias. Fragmentos de una historia. Ciencias 94, abril-junio, 60-75. [En línea]
     

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