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Especias medicinales
 
 
Susana Biro
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De dón­de vie­ne y qué país la pro­du­ce, no se sa­be. Lo que se di­ce es que las va­ras se­cas, que he­mos apren­di­do de los fe­ni­cios a lla­mar ca­nela, son lle­va­das por unas gran­des aves a sus ni­dos he­chos de lo­do. Es­tos ni­dos se en­cuen­tran en acan­ti­la­dos que nin­gún hom­bre pue­de es­ca­lar. El mé­to­do que los ára­bes han in­ven­ta­do pa­ra con­se­guir­la con­sis­te en cor­tar los cuer­pos de bue­yes, bu­rros u otros ani­ma­les en gran­des pe­da­zos y de­jar­los en el pi­so cer­ca de los ni­dos. He­cho es­to, se re­ti­ran a una dis­tan­cia se­gu­ra y es­pe­ran. Las aves ba­jan y se lle­van los enor­mes tro­zos a sus ni­dos que, al no ser lo su­fi­cien­te­men­te re­sis­ten­tes pa­ra so­por­tar tan­to pe­so, se rom­pen y caen al sue­lo. En­ton­ces vie­nen los hom­bres y re­co­gen la ca­ne­la, que lue­go es ex­por­ta­da a otros paí­ses.
 
Así re­la­ta He­ro­do­to el ori­gen de una de las es­pe­cias más im­por­tan­tes de su épo­ca. Es­ta anéc­do­ta re­fle­ja, más que la cre­du­li­dad o la ima­gi­na­ción del his­to­ria­dor grie­go, la im­por­tan­cia que te­nía pa­ra los ára­bes man­te­ner en se­cre­to el ori­gen de la ca­ne­la y otras es­pe­cias con las que co­mer­cia­ron muy lu­cra­ti­va­men­te en Eu­ro­pa du­ran­te si­glos. Tan im­por­tan­tes fue­ron es­pe­cias co­mo la pi­mien­ta o la nuez mos­ca­da, que fue­ron una de las ra­zo­nes que im­pul­sa­ron los via­jes de ex­plo­ra­ción del si­glo xv. Pa­ra evi­tar el mo­no­po­lio que en esa épo­ca te­nían los ve­ne­cia­nos, pri­me­ro los por­tu­gue­ses y lue­go va­rias otras na­cio­nes eu­ro­peas se hi­cie­ron a la mar en bus­ca de las fa­mo­sas In­dias Orien­ta­les.
 
Sa­be­mos que las es­pe­cias se han uti­li­za­do pa­ra co­ci­nar por lo me­nos des­de la cul­tu­ra egip­cia. Al ser de fá­cil ac­ce­so, el ajo, la ce­bo­lla y la raíz fuer­te se usa­ron siem­pre pa­ra me­jo­rar el sa­bor de las co­mi­das abu­rri­das o po­dri­das de los ho­ga­res más po­bres en Eu­ro­pa. Las es­pe­cias más exó­ti­cas, co­mo el cla­vo o la mos­ta­za, so­la­men­te lle­ga­ban a los ho­ga­res más ri­cos y su uso era con­si­de­ra­do una mues­tra de po­der. Ade­más de ser usa­das en la co­mi­da, las es­pe­cias se han com­bi­na­do pa­ra aro­ma­ti­zar nues­tros cuer­pos y ho­ga­res. In­clu­so has­ta la fe­cha, los in­cien­sos y los per­fu­mes son de­li­ca­das com­bi­na­cio­nes de va­rias es­pe­cias.
 
Tam­bién des­de las pri­me­ras cul­tu­ras es­tas sus­tan­cias se uti­li­za­ron con fi­nes cu­ra­ti­vos. Los grie­gos aso­cia­ban dis­tin­tas es­pe­cias con los cua­tro hu­mo­res del cuerpo: san­gre, fle­ma, bi­lis ama­ri­lla y bi­lis ne­gra. Así, por ejem­plo, el jen­gi­bre, que pro­du­ce ca­lor en la bo­ca, se uti­li­za­ba pa­ra ca­len­tar el es­tó­ma­go y ayu­dar a la di­ges­tión. En Mé­xi­co te­ne­mos to­do ti­po de re­ce­tas pa­ra cual­quier ma­les­tar. Por ejem­plo, se di­ce que una tos muy fuer­te se cu­ra con una mez­cla de miel, li­món y ajo. Re­cien­te­men­te se han em­pe­za­do a ha­cer es­tu­dios pa­ra co­no­cer las sus­tan­cias ac­ti­vas que con­tie­nen es­tos exó­ti­cos in­gre­dien­tes y las ac­cio­nes de ca­da una de ellas so­bre el fun­cio­na­mien­to del cuer­po hu­ma­no. El de­par­ta­men­to de his­to­ria y co­lec­cio­nes es­pe­cia­les de la bi­blio­te­ca bio­mé­di­ca de la Uni­ver­si­dad de Ca­li­for­nia con se­de en Los Án­ge­les (ucla) ha ela­bo­ra­do una sen­ci­lla e in­te­re­san­te pá­gi­na que abor­da el te­ma: htt­p://u­nit­proj­. librar­y.u­cla.e­du­/bio­med/s­pi­ce/ in­dex.cfm.
 
En es­ta pá­gi­na se ubi­ca de ma­ne­ra ge­ne­ral a es­tas cor­te­zas, raí­ces y se­mi­llas de to­do el pla­ne­ta den­tro de la his­to­ria y la cul­tu­ra. En va­rias de las sec­cio­nes se re­co­mien­dan lec­tu­ras más pro­fun­das so­bre los te­mas que se van tra­tan­do. Ade­más, abor­dan bre­ve­men­te ca­da una de ellas, con­tras­tan­do lo que se di­ce y lo que hoy, des­de la cien­cia, se sa­be de ellas. Acer­ca del ajo, por ejem­plo, se ha com­pro­ba­do que con­tie­ne sus­tan­cias quí­mi­cas que re­du­cen la hi­per­ten­sión, el co­les­te­rol en la san­gre y que ata­can al­gu­nas in­fec­cio­nes. Sin em­bar­go, pa­ra la ma­yo­ría de las es­pe­cias ci­ta­das en es­ta pá­gi­na no hay evi­den­cia de las cua­li­da­des que se les ad­ju­di­ca, co­mo el anís, que en di­ver­sas cul­tu­ras es con­si­de­ra­do bue­no pa­ra la di­ges­tión y no mues­tra evi­den­cia far­ma­co­ló­gi­ca de ello.
 
Es­tos pol­vos, se­mi­llas, va­ri­tas, raí­ces y ho­jas que hoy com­pra­mos en asép­ti­cos fras­qui­tos en el su­per­mer­ca­do han via­ja­do de un con­ti­nen­te a otro a tra­vés de nues­tra his­to­ria. En el ca­mi­no die­ron sa­bor a la co­ci­na, vo­lu­men a la cul­tu­ra y pi­cor a la eco­no­mía y la po­lí­ti­ca. Hoy em­pe­za­mos a en­ten­der có­mo es que ayu­dan a nues­tra salud.
Susana Biro
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, Uni­ver­si­dad Na­cio­nal Au­tó­no­ma de Mé­xi­co.
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como citar este artículo

Biro, Susana. (2003). Especias medicinales. Ciencias 72, octubre-diciembre, 44-45. [En línea]


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